Tercer acto. El sábado 22 de agosto tuvimos la primera
visita del proyecto del Tercer bimestre. Por pura coincidencia de fechas, era
nada más ni nada menos que el día del niño. Esta vez no dejaría que las riendas
de lo aleatorio controlasen el día. Pensé, imaginé y pude tener casi la
completa certeza de que todo saldría como yo planeaba. Sin embargo, y lo tengo
marcado con experiencias previas, no todo sale así. Me es curioso esto, siempre
que planeo algo, tiene que haber un pequeño porcentaje de margen de error, que
logra desencadenar toda la sucesión de hechos que lograrían “malograr” la
visita.
No todo lo planeado sucede
tal como se estipula.
No digo que sea malo, es más, puede llegar a abrirte los ojos, hacer que entiendas a ese pequeño margen de error, y, lo más importante, preverlo. Esta vez, no lo considero un hecho “aleatorio” negativo, es más, puedo considerar que me salvó. Pues comienza así: el miércoles comenzó la “lluvia de ideas” para poder hacer la actividad con los pequeños. Toda mi comunidad estaba cerrada, querían hacer lo mismo, sabiendo que saldría mal (como la vez pasada). Insistí un poco más. Logré que den ideas. Juegos, dinámicas, competencias. Surgían, era confortante saber, o al menos sentir, que estaban dando su esfuerzo para una buena causa.
Terminó la hora de CdD con un plan. Era bueno, podíamos hacerlo con tranquilidad. Hubo pequeños inconvenientes para conseguir lo dicho pero supimos cómo solucionarlo.
Ahora, no estoy seguro si fue mal interpretación mía o me lo dijeron así. El punto es, habíamos planeado hacer las actividades para los niños, para celebrar su día y, sorpresa, nos mandaron al auditorio para ver un show infantil. Pensé: “Bueno, al menos hay algo para ellos.” Tenía miedo de que luego del show vengan conmigo y el equipo, estaban esparcidos, no me sentía seguro de mí mismo y, con esos ánimos, no quería hacer algo que por mi tendencia emocional condenaría la actividad. Al fin y al cabo, no fueron conmigo, se me quedaron las ganas de verlos, pero supuse que era lo mejor en ese momento.
Yo me sentí un poco disconforme conmigo mismo pero lo que yo
sienta no es lo que los pequeños sienten. Entonces,
¿Cómo podemos transmitir felicidad a un niño, cuando uno no está en su 100%?
Tardé en comprender que
no solo las acciones son las que transmiten felicidad. Pensaba que, en ese
tipo de situaciones, tus actos serían los que llevarían de la mano a la
felicidad. Al final, terminó no siendo tanto así. Estaba parado, recostando mi
espalda a la pared del auditorio, cuando en una levantada de mirada de mi
celular, a mi pequeño favorito, Mauricio.
Estaba mirando al frente, sentado, quería que me mire. En un instante,
voltea. Me mira, con esa sonrisa suya que tiene cuando me ve a mi (o a Enzo).
Sin pensarlo dos veces, trate de acercarme. Llego a donde él y me da un abrazo
sincero. Esos en los que sin decir palabra transmiten un “Te quiero”. Confort,
eso fue lo que sentí. Alguien muy distinto pero a la vez tan cercano a mí. El
pequeño hace maravillas, cambia, puede hacer que cambies hacia el bien, todavía
le queda un poco de inocencia, ojala no la pierda cuando crezca. Uno entiende que la voluntad de uno mismo puede hacerle feliz el día a alguien. Al final, no lo pude ver, aparentemente no estaría más conmigo en el salón. Sin embargo, nunca olvidare a mi hermanito menor que nunca tuve.
Fundamentarte cómo las experiencias CdD actuaron sobre la
visita sería como alimentar un argumento sin razón. En mi consideración, no
creo que haya trabajado algún elemento, son muy directos y, esta vez, la ambigüedad
de mis acciones y sus productos no son descriptibles, menos muy asociables, con
las experiencias. Lo que sí podría remarcar de esta visita es cómo la presencia
de cariño está en todo lugar, más aun, cuando uno mismo lo necesita.








